24 junio 2026

LINKIN PARK SOBREVIVE A UN SONIDO INDIGNO DE SU REGRESO A MADRID

Había una enorme expectación alrededor de la primera de las dos fechas de Linkin Park en el Auditorio Miguel Ríos de Rivas Vaciamadrid. El regreso de una de las bandas más influyentes del rock del siglo XXI a España, nueve años después de su última visita, merecía una celebración a la altura. Sin embargo, la gran protagonista de la noche terminó siendo una circunstancia mucho menos agradable: un sonido claramente deficiente que condicionó buena parte de la experiencia.


Desde los primeros compases quedó patente que algo no funcionaba como debía. La mezcla resultó irregular durante gran parte del concierto, con una excesiva presencia de las frecuencias graves y una definición muy pobre en numerosos momentos. Las guitarras perdían mordiente, las voces aparecían enterradas en determinados pasajes y muchos matices del repertorio quedaban difuminados en una masa sonora poco precisa. Para una banda cuyo catálogo combina agresividad, electrónica y melodía con tanto detalle, el resultado fue especialmente frustrante.

Lo más llamativo fue que el problema no parecía afectar únicamente a zonas concretas del recinto. A medida que avanzaba la noche, las redes sociales comenzaron a llenarse de comentarios de asistentes ubicados en diferentes sectores que compartían sensaciones similares. No se trataba de una cuestión de volumen, sino de claridad. El concierto sonaba fuerte, muy fuerte, pero no necesariamente bien.

Y es una lástima, porque sobre el escenario Linkin Park ofreció argumentos suficientes para que la velada hubiera sido memorable. Mike Shinoda volvió a demostrar por qué sigue siendo el alma visible del proyecto, liderando cada momento con autoridad y cercanía. A su lado, Emily Armstrong afrontó con personalidad el enorme reto de ocupar un espacio emocionalmente complejo para cualquier cantante. Lejos de buscar imitaciones imposibles, defendió las canciones desde su propio registro y mostró una entrega constante durante todo el espectáculo.

El repertorio tampoco decepcionó. La banda combinó material reciente con una sucesión de clásicos que provocaron las mayores ovaciones de la noche. "Somewhere I Belong", "Faint", "Numb", "Papercut", "In the End" o "One Step Closer" desataron una respuesta inmediata de un público dispuesto a cantar cada palabra. De hecho, hubo momentos en los que las miles de voces congregadas en el Auditorio Miguel Ríos sonaron con más nitidez que la propia banda.


Esa circunstancia acabó definiendo buena parte del concierto. Cuando la mezcla fallaba, era la audiencia la que sostenía emocionalmente el espectáculo. El entusiasmo colectivo compensó en gran medida las carencias técnicas y convirtió algunos de los himnos generacionales de Linkin Park en enormes ejercicios de comunión entre banda y seguidores.

Resulta difícil no preguntarse cómo habría sido la noche con unas condiciones sonoras acordes al nivel del evento. Porque detrás de esa barrera técnica se intuía un espectáculo sólido, una banda en crecimiento dentro de su nueva etapa y un repertorio prácticamente infalible. Pero también es cierto que en un concierto de estas dimensiones el sonido no es un detalle secundario: es el vehículo principal para transmitir la propuesta artística.

La primera noche de Linkin Park en Madrid dejó imágenes poderosas, emoción, nostalgia y una respuesta masiva del público. Pero también la sensación de que un regreso tan esperado merecía una producción sonora mucho más cuidada. La banda cumplió. Los aficionados respondieron. El sonido, en cambio, estuvo muy lejos de hacerlo.